En una gasolinera en medio de la nada observo como los molinos, contra los que el prototipo de héroe cómico nacional y referente de lo imposible luchó, han sido sustituidos por otros cuya función es la producción de energía a través del viento que azota la región. Los temidos gigantes gruñones callados ahora por el silencioso círculo trazado por las aspas blancas. El frío se hace soportable por la incidencia de los rayos de sol que descienden su trayectoria cada vez menos inclinada sobre el plano esférico donde me encuentro. Una gasolinera es una frontera en medio de ninguna parte. Hay camioneros haciendo su ruta habitual, turistas perdidos en un amplio mapa que parece que poco o nada corresponde con su moderno GPS. Familias que comen y descansan al sol antes de reunirse con sus otros genes en una punta de un territorio cuya autopista serpentea entre las montañas hasta desvanecerse en un horizonte que nunca se alcanza. Hay niños comiendo piezas de fruta y en la televisión anuncian que una nueva legislatura se pone en marcha. Escuchar a un político hablar tiene en mi mente la superposición imaginativa de una pintura de Pawel Kuczynski, un artista polaco, cuyo trazo sencillo y directo, refleja las ironías de momentos agudizando el ingenio para realizar una crítica social de difícil digestión.
En esta frontera, en ninguna parte, la vida parece haberse detenido junto con todos nosotros. A pesar del discurrir de las personas y coches, aquí nada cambia. Inmigrantes que regresan o se dirigen hacia algún lugar con furgonetas llenas. Mujeres con abrigos de pieles y altos tacones que deambulan tomando el sol con sus gafas de boutique de bien. Gasolina fluyendo por el laberíntico entramado de tubos subterráneos para poder llegar a un destino. Todos detenidos, parados, inmóviles y a la vez girando sobre nosotros mismos en el plano curvo de la Tierra. Un caleidoscopio plural, sin orden que dará forma la serpenteante carretera hacia un horizonte que siempre se nos escapa.



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