Existen
películas que mejoran con el devenir de los años, como un buen vino. Trascienden el
tiempo y el lugar donde fueron concebidas llegando a formar parte del
imaginario colectivo. Apocalypse now es una de esas obras magistrales
que debemos más al tesón de su director que a la concatenación de
elementos que forman el celuloide. Aunque dichos elementos no se
entiendan sin separarlos del contexto de su idea primigenia.
Coppola
lo tenía todo. Venía de triunfar con las dos primeras entregas de “El
padrino” y su reputación como director había ganado enteros. Hacía
tiempo que le rondaba una idea por la cabeza, la cual no había podido
ser llevada a cabo ni por el mismísimo Orson Welles. Aquella empresa no
era otra que llevar a la gran pantalla el libro “El corazón de las
tinieblas” del escritor Joseph Conrad. La intención era adaptar el
escrito de Conrad a una época más actual. En lugar de El Congo, la
historia se desarrollaría en plena guerra del Vietnam. Acabada la
guerra, aquella idea se retomó con un ajustado presupuesto de 12
millones de dólares y un plan de rodaje de 16 semanas en las
paradisíacas playas de Filipinas. Y allí comenzó… el horror.

Considerado
el rodaje más caótico de la historia del cine, su director pronto se
vería envuelto en su particular descenso a los abismos. La realización
se alargó por 15 largos meses. Su presupuesto se disparó hasta los 30
millones de dólares y el director tuvo que hipotecar su casa. Dennis
Hopper pidió 25 gramos de cocaína para construir su personaje, Brandon
apareció con 130 kilos y sin haberse leído el guión. Martin Sheen
transitaba por su propio viacrucis bebiendo y fumando sin control. La
escena donde golpea el espejo con su reflejo es real y el director
ordenó que siguieran rodando. El propio Martin sufrió un infarto al
corazón en pleno rodaje: “Incluso si Martin se muere, no estará muerto
hasta que yo lo diga” sentenció el realizador. Un tifón arrasó los
decorados y el mismo Coppola, en su recorrido por el río de la locura,
amenazó con pegarse un tiro en la sien si no se completaba la película.
Luego vendría el tortuoso camino del montaje con más de 370 horas
grabadas. Ahora tenemos tres versiones de una película de culto.
Admirada por muchos y estudiada en todas las academias de cine. Afirman
los entendidos que tiene la mejor fotografía de la historia. Incluso en
el infierno, existe la belleza.

Esta
semana he vuelto a la guerra. Ghost Recon Breakpoint me parece ahora un
título sublime. Vilependiado por casi toda su comunidad de jugadores
que venían de disfrutar en otra selva, la de Wildlands, ha ido ganando
enteros con cada actualización añadida al título. Es una guerra de
cirugía, táctica. Nada de asaltos locos con la cabalgata de las
valkirias de fondo. No tratamos con un teniente coronel Kilgore. Tampoco
nos enfrentamos al horror del coronel Kurtz y su ejército de indígenas
que lo adoran como a un dios en el filme. No huele a muerte lenta.

Jugarlo
en modo inmersivo es otro cantar. Sin mapa, sin brújula que marque el
camino a seguir. Se palpa el desasosiego de enfrentarte a lo
desconocido. En esa quietud llegas a comprender cuan frágil es la vida
cuando se rompe la cuarta pared y el silencio se hace más insoportable
que el propio ruido. Quizás, y por suerte, sea lo más parecido que
muchos de nosotros vamos a experimentar a un conflicto armado. La guerra
y el horror. El caracol que se desliza por el filo de una navaja.
Porque la guerra es eso, la descompensación de toda lógica. Mientras más
veo Apocalypse now, más me reafirmo en el pensamiento de que toda
guerra no es más (ni menos) que el choque de los hombres aferrados a sus
ideas, por muy locas que éstas sean.