Cita del día

“He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica”. (John F. Nash)

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lunes, 6 de diciembre de 2021

COLUMNA DE OPINIÓN: EL CIELO NO SE ENTIENDE SI ANTES NO HAS PISADO EL INFIERNO

Existen películas que mejoran con el devenir de los años, como un buen vino. Trascienden el tiempo y el lugar donde fueron concebidas llegando a formar parte del imaginario colectivo. Apocalypse now es una de esas obras magistrales que debemos más al tesón de su director que a la concatenación de elementos que forman el celuloide. Aunque dichos elementos no se entiendan sin separarlos del contexto de su idea primigenia.

Coppola lo tenía todo. Venía de triunfar con las dos primeras entregas de “El padrino” y su reputación como director había ganado enteros. Hacía tiempo que le rondaba una idea por la cabeza, la cual no había podido ser llevada a cabo ni por el mismísimo Orson Welles. Aquella empresa no era otra que llevar a la gran pantalla el libro “El corazón de las tinieblas” del escritor Joseph Conrad. La intención era adaptar el escrito de Conrad a una época más actual. En lugar de El Congo, la historia se desarrollaría en plena guerra del Vietnam. Acabada la guerra, aquella idea se retomó con un ajustado presupuesto de 12 millones de dólares y un plan de rodaje de 16 semanas en las paradisíacas playas de Filipinas. Y allí comenzó… el horror.

 

Considerado el rodaje más caótico de la historia del cine, su director pronto se vería envuelto en su particular descenso a los abismos. La realización se alargó por 15 largos meses. Su presupuesto se disparó hasta los 30 millones de dólares y el director tuvo que hipotecar su casa. Dennis Hopper pidió 25 gramos de cocaína para construir su personaje, Brandon apareció con 130 kilos y sin haberse leído el guión. Martin Sheen transitaba por su propio viacrucis bebiendo y fumando sin control. La escena donde golpea el espejo con su reflejo es real y el director ordenó que siguieran rodando. El propio Martin sufrió un infarto al corazón en pleno rodaje: “Incluso si Martin se muere, no estará muerto hasta que yo lo diga” sentenció el realizador. Un tifón arrasó los decorados y el mismo Coppola, en su recorrido por el río de la locura, amenazó con pegarse un tiro en la sien si no se completaba la película. Luego vendría el tortuoso camino del montaje con más de 370 horas grabadas. Ahora tenemos tres versiones de una película de culto. Admirada por muchos y estudiada en todas las academias de cine. Afirman los entendidos que tiene la mejor fotografía de la historia. Incluso en el infierno, existe la belleza.

 

Esta semana he vuelto a la guerra. Ghost Recon Breakpoint me parece ahora un título sublime. Vilependiado por casi toda su comunidad de jugadores que venían de disfrutar en otra selva, la de Wildlands, ha ido ganando enteros con cada actualización añadida al título. Es una guerra de cirugía, táctica. Nada de asaltos locos con la cabalgata de las valkirias de fondo. No tratamos con un teniente coronel Kilgore. Tampoco nos enfrentamos al horror del coronel Kurtz y su ejército de indígenas que lo adoran como a un dios en el filme. No huele a muerte lenta. 


Jugarlo en modo inmersivo es otro cantar. Sin mapa, sin brújula que marque el camino a seguir. Se palpa el desasosiego de enfrentarte a lo desconocido. En esa quietud llegas a comprender cuan frágil es la vida cuando se rompe la cuarta pared y el silencio se hace más insoportable que el propio ruido. Quizás, y por suerte, sea lo más parecido que muchos de nosotros vamos a experimentar a un conflicto armado. La guerra y el horror. El caracol que se desliza por el filo de una navaja. Porque la guerra es eso, la descompensación de toda lógica. Mientras más veo Apocalypse now, más me reafirmo en el pensamiento de que toda guerra no es más (ni menos) que el choque de los hombres aferrados a sus ideas, por muy locas que éstas sean.

 

 

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