No cabe la menor duda de que las filtraciones del portal de información Wikileaks van a suponer un antes y un después en cómo tratar la información clasificada. No dudo de los niveles de seguridad que aplica el Gobierno de los Estados Unidos a su jerárquica inteligencia. El problema reside en el ser humano. Todo experto en seguridad informática sabe que el telón de aquiles de cualquier red es precisamente que está diseñada por seres humanos y administrada por ellos.
Es de suponer que en la base de Qatar donde, el analista de seguridad Bradley Manning de 23 años, pasaba 10 horas sentado delante de la pantalla de su ordenador clasificando la información no sospecharon de él en ningún momento. El mismo ha asegurado ante el tribunal que "podría haber entrado en las oficinas con un cd regrabable con la etiqueta Lady gaga para después borrar las pistas de música y grabar los documentos sin que nadie al salir sospechara nada". ¿Dónde está el límite entre el control y lo paranoico?
Esos límites según inteligencia los ponen los exámenes psiquiátricos a los que todo personal con acceso a cierta información reciben periódicamente para conocer si son actos para el cargo que ostentan. Está claro que algo falló. De lo confesado por Bradley se desprende que estaba cansado de la guerra y de las mentiras de su país; por eso hizo lo que hizo. Por muchos exámenes, por muchos controles y niveles de seguridad que tenga una red de inteligencia, nunca contaron con la conciencia de un chico de 23 años que sabía que su trabajo estaba consistiendo en ser parte de una mentira al mundo.
A esto en la administración y seguridad de redes se le denomina ingeniería civil y es el punto más vulnerable por donde una red puede ser hackeada: atacando al ser humano. Ya sea cambiando su punto de vista sobre lo que está haciendo o siendo victima de una mentira por parte del hacker. Hay casos muy conocidos: El famoso hacker kevin mitnick se apoderó de infinidad de códigos de programación utilizando un teléfono. Llamaba a las oficinas y se hacía pasar por un técnico supervisor para conseguir dichos códigos. ¿Cómo lo hizo? Según una reciente encuesta publicada por el MIT, el 95% de las personas que hablan con una persona cuyo tono de voz es seguro y sus conocimientos sobre la materia muy superiores a los suyos creen que dice la verdad. Muchas de las personas que estafó kevin mitnick eran oficinistas o técnicos menores que rápidamente accedieron a revelar la información que se le solicitó sencillamente porque Kevin tenía más conocimiento que ellos.
El problema de la ingeniería social no es nuevo. Si yo acudo a mi médico con un problema y el me receta un determinado medicamento lo tomo porque confío en el ya que él es el profesional en la materia. Lo que le ha ocurrido a la inteligencia de los EE.UU es simplemente un cambio de mentalidad de una persona que se sintió culpable (y parte) de las mentiras de su país al resto del mundo.
Héroe para algunos. Traidor para otros. Lo cierto es que habrá un antes y un después desde que Wikileaks apareció en escena y se ha convertido en la piedra más molesta de los señoritos de Washington. Wikileaks ha revelado ya en tres ocasiones documentos secretos sobre la guerra de Irak, de Afganistán y ahora los cables de las embajadas en el mundo. Se desconoce que cantidad de documentación puede poseer su fundador Julian Assange, ahora en paradero desconocido y en el punto de mira de la CIA.
Si Tom Clancy hubiera escrito este guión hablaríamos de una novela de ficción sobre espías, guerras e intereses. La realidad nos está demostrando que puede superar a cualquier ficción.
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