Lo que hacemos en la vida, tiene su eco en la eternidad. ¿Por qué escribo esto? De donde yo vengo, el aire cálido de la mañana seca los labios y los colores del horizonte se difuminan como una paleta desordenada de un pintor novel. De donde yo vengo, si te quedas en silencio entre las piedras milenarias de lo que antaño fueron majestuosas murallas de una fortaleza inexpunable, puedes escuchar los ecos de un pasado milenario que se remonta donde la historia hunde sus dedos en reinos mitológicos de la primera cultura conocida en occidente. Donde los hombres y sus divinidades competían por formar parte de un panteón milenario.
Hay en la campiña del Guadalquivir una pequeña ciudad en la falda de un cerro desde la cual se divisa en días claros al este Sierra Nevada y al norte Córdona. Al oeste se extiende una inmensa llanura donde el Guadalquivir discurre tranquilo y sereno bañando la tierra. Al sur se contempla si las nubes caprichosas nos lo permiten, el Mar Mediterraneo.Esta ciudad, poblada desde tiempo antiquísimos por el pueblo turdetano. Tras la conquista por los cartagineses esta ciudad es declarada enemiga del imperio romano y las tropas del poderoso general romano Cayo Lucio Marcio Séptimo en el año 206 A.C. se propone tomar la ciudad. Lo que a priori parecía una empresa sencilla para las curtidas legiones romanas se convirtió en una trampa mortal. Su privilegiada situación la hacían inexpugnable a los asaltos y retrasaba el avance de las tropas romanas por la Península ibérica.El general romano desesperado decidió sitiarla cortando las rutas de suministros y esperar la rendición de la ciudad. Dos años después en el 208 A.C. Un vigía romano contempló la ciudad ardiendo en lo alto del cerro. Al amanecer las tropas se dispusieron al asalto final pero cuando llegaron a la ciudad descubrieron que no quedaba nada. Ellos mismo antes que rendirse al enemigo se quitaron valientemente la vida y arrasaron la ciudad. Esto dificultaría el avance de las tropas hacia pueblos vecinos.Abrumado por el coraje de aquellos hombres y mujeres, el general romano Cayo Lucio Marcio Séptimo fundó un campamento (Castrum) en honor a los habitantes de la ciudad. En reconocimiento de aquella proeza la ciudad se encuadraría dentro del imperio romano como ciudad libre de impuestos y tributos a Roma. Rendirse nunca debe ser una opción.
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