Hay viajes que inexorablemente suponen un antes y un después en una situación. Éste ha sido uno de ellos. Es un riesgo, lo se; conocerte tiene ese momento. Sumergirse en ti, descubrirte, sentirte, verte en unas situaciones no muy cotidianas de lo que habitualmente supone la aventura de vivir a tu lado. Expresiones torpes y desnudas de un reflejo mucho más grande que cualquier cuidad donde decida perderme contigo.
Alargados son los recuerdos que nos quedan, como las sombras de los edificios de Postdamerplatz al atardecer de una ruidosa tarde. Envueltos en estructuras tambaleantes de cristal y metal en sus caprichosas formas geométricas casi perfectas en las nuevas vanguardias arquitectónicas.
Al despertar entre las columnas de la Puerta de Brandenburgo contemplando su magnificencia en los recuerdos de lo que fue el frente soviético de una guerra atroz y como tantas otras sin sentido, pues toda guerra representa el fracaso del diálogo de posturas diametralmente opuestas. Y digo bien en despertar pues al verte mirar hacia su cenit el tiempo se detuvo, despacio como si comprendieras lo que suponía pasear por aquellos lugares de tu mano.
Pasado y presente perfectamente conjugados en un arquetipo de modernidad y futuro realzando la belleza del pasado y olvidando su oscurantismo de tiempos peores donde la intolerancia, el desapego y la embriagadez de discursos populistas y atronadores resonaban por esas calles ahora pacíficas y orgullosas de resurgir de sus propias cenizas.
Unas veces molesta, otras necesaria,la memoria siempre nos invita a recordar y en esta ciudad nos da una lección de lo que nunca más el mundo debería de conocer. Como un viaje espectral al pasado tenebroso del mismo corazón que desató el infierno hace apenas 60 años. En Alemania la iconografía nazi está prohibida desde la II Guerra Mundial y los pocos símbolos que aún perduran existen para recordarnos, para que aprendamos y que las generaciones futuras no tomen el mismo camino que una vez llevó a la destrucción de una ciudad, de un país y de millones de personas tras el canto sordo y áspero de una bala.
Y la ciudad, sus luces y plazas. Metros, tranvías, trenes. Bicicletas hacinadas en las aceras. Un gran edificio en ruinas convertido en centro de arte de vanguardia por el movimiento okupa. Salchichas, pizzas; hamburguesas en un tren previo paso a una buena siesta. Y tu en todas ellas. En los museos recordando lo que el legado del pasado nos dejó y que nos hace sabedores de una gran certeza: todos los imperios ascienden y caen.
Muchos recuerdos y vivencias. El descubrirte es un riesgo que asumo con tranquilidad y sabedor que cada día me sorprendes con algo nuevo; en muchas ocasiones inaudito. No en vano, este sueño es cada día más real... y es nuestro.
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