Cita del día

“He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica”. (John F. Nash)

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viernes, 18 de noviembre de 2011

Ibiza no solo es fiesta

Los tópicos hablan de fiestas desmadradas desde el amanecer (obsérvese que son desde y no hasta), amor libre por los rincones, psicotropía al límite y chunda chunda obsesivo e insano. Bueno, pues también, pero es justo significar que es posible otra Ibiza, la Ibiza tranquila, la Ibiza del norte de la isla. La particular santísima trinidad, bella y silenciosa, se ubica entre Santa Eulalia, San Carlos y la Cala San Vicente, allá donde aún no ha llegado la perniciosa Ibiza Mix.

Al lado de curvas y más curvas para llegar a destino entre las montañas, esplendorosos remansos de paz han alcanzado reconocimiento internacional. Con la imponente presencia de la diosa Tagomago, islote en el que se grabó el videoclip de la Lambada pero que es paraíso de lagartijas y millonarios de yate con gusto (algunos hay aún), el triángulo escapa al vivere pericolosamente del resto de Ibiza, como sumido en la catarsis de las noches sin fin en busca del placer irredento.
Tres lugares, pues, tres propuestas por descubrir. Porque otra Ibiza es posible.
Santa Eulalia del Río: capital del norte de Ibiza, bien comunicada y construida en cuadrículas para facilidad de movimientos, es un lugar en el que combinar una vida vacacional cosmopolita con la proximidad de campo payés y mar. Noches tranquilas en el paseo marítimo, en el puerto deportivo o en las callejuelas interiores peatonales. Y días intensos entre sus calles en ebullición con compras de todo tipo y varios oasis para el recuerdo, con terrazas y bares de los de patio interior fresco y ajardinado. Junto a Santa Eulalia aparece Es Canar, bandera del respetuoso turismo familiar británico (¡existe!), sin escándalos y con un mercadillo los miércoles (de 10:00 a 19:00), el Hippy Market de Punta Arabí, que es un acontecimiento en toda la isla. Playas hay en cada localidad, pero lo aconsejable siempre es el desplazamiento, con la selección natural del público asistente que comporta. Calas, mil. Las más conocidas: Cala Pada, Cala Llonga y Cala Leña.
San Carlos de Peralta: capital de lo hippy en Ibiza. De lo que queda. Que es poco, pero con el inconfundible sabor de lo auténtico. El bar Anita es su iglesia (y no la de enfrente) y también su centro de comunicaciones, pues durante décadas allí se ubicaron los buzones de correos para alemanes, holandeses, americanos, todos perdedores por elección, que abandonaron el traje y la corbata por la desnuda búsqueda interior. El mercadillo de Las Dalias es el lugar apropiado para empaparse con las estampas de aquellos que se disfrazan una vez al año (los más) y de los otros que aún perduran con el lema de paz y amor como referente. Los lunes (de 19:00 a 00:00) y los sábados (de 10:00 a 20:00) se celebra un espectáculo mundial único bajo las jaimas y las parras, con el calor o la noche, según la elección, que tunean las decenas de puestos de venta de marroquinería tan inútil como sugerente.
Cala de San Vicente: el que algo quiere, algo le cuesta. La mejor playa de Ibiza es la más alejada (28,6 Km. desde la capital). Pero el esfuerzo será recompensado por una espectacular larga playa de arena fina, donde la masificación no existe y se acaricia el agua mirando de frente y a los ojos a la vigilante Tagomago. Dos hoteles y apartamentos posibilitan la pacífica estancia, donde es imperdonable no probar las pizzas del bar Olé, lugar ideal para tomar una copa al abrigo de la noche. También en el On the Beach, antiguo bar Marí, al que la ley de costas podría decapitar pero cuyo disfrute es una gozada para los sentidos de tan próximo que se siente el mar, indiscutible protagonista de la otra Ibiza, la Ibiza tranquila.
Estas viviendas de los campesinos ibicencos constituyen una sorpresa para el arquitecto moderno", escribió Erwin Broner en 1936 en la revista AC, la biblia del movimiento racionalista de la España republicana. "Nos impresionan por su belleza formal, como todo lo que es bueno y se ajusta simplemente a su objeto; a pesar de ser construidas por simples campesinos, comprenden todos los elementos necesarios al hombre exigente. La imaginación se revela como factor natural".
Erwin Broner pasó media vida en Ibiza seducido por ese instinto de belleza mediterránea que palpita en la isla. Un latido anterior al chill out. Una Ibiza que todavía existe y convive, auténtica y sencilla, con los turistas, los clubes tecno, la moda ad lib y lo que queda de los hippies.
Broner, nacido como Heilbronner en una acomodada familia judía de Múnich, se formó como arquitecto en la Bauhaus y recaló en Barcelona huyendo del régimen nazi. En un viaje a Mallorca hizo escala en Ibiza, y ya no pudo dejar de volver a este lugar que también refugió en los treinta a intelectuales y artistas como Walter Benjamin, Raoul Hausmann o Paul Gauguin, nieto del pintor. Broner recorrió Ibiza en bicicleta, estudiando sus construcciones tradicionales. Tras un millón de peripecias, incluido el exilio en Estados Unidos, donde sería animador en Hollywood, encontró aquí su paraíso particular y vivió sus últimos años en el barrio pescador de Sa Penya, en una casita blanca que mira al mar.
La construyó en 1960, integrando en ella su formación racionalista con lo que le había enamorado de la arquitectura popular ibicenca. Las paredes curvas, el color blanco salpicado con planos color, la cubierta plana con su elegante chimenea. Formas esenciales, tan funcionales como hermosas. "Comprendió, como pocos, la arquitectura nativa y supo armonizar lo nuevo, que trajo consigo, con lo de siempre, lo incambiable", escribió sobre Broner el arquitecto Josep Lluis Sert. Desde el banquito bajo que hay junto al hogar de la Casa Broner, hoy museo, una alargada ventana enmarca la bahía, y uno comprende por qué este arquitecto cosmopolita e inquieto se quedó a vivir aquí. La casa, cedida tras su muerte en 2005 por la viuda de Broner al Ayuntamiento, ha sido recientemente restaurada. Todavía faltan los muebles para que el museo esté completo, pero quizá vacía sea aún más deliciosa de ver, en toda la pureza de sus espacios blancos.
La Casa Broner encabeza la remodelación de Sa Penya, "un barrio del XVII que sufrió un proceso de abandono y marginalización desde los años ochenta". El concejal del Núcleo Histórico, Marc Costa, lo recorre con un grupo de vecinos en unas visitas guiadas que el Ayuntamiento ha bautizado Abierto por obras. La idea es enseñar a vecinos y curiosos cómo se transforma un barrio con precisión quirúrgica. Entre los proyectos de rehabilitación está el bonito Mercado de la Pescadería, que quieren convertir en un modelo gastronómico (tipo el Mercado de San Miguel en Madrid), y un moderno centro cívico construido donde antes había un lavadero levantado por el propio Broner para sus vecinos. La gentrificación planeada pasa también por expropiar una manzana de infraviviendas okupadas "donde se ha acantonado la marginalidad y el menudeo de drogas", según el concejal. En su lugar se construirán nuevas viviendas de protección oficial para jóvenes. La cosa está en proceso, y el barrio todavía conviene visitarlo de día; en la Casa Broner, una exposición muestra el detalle de toda la operación. Al otro lado de la muralla, ya en la Dalt Vila, otro novísimo ejemplo de arquitectura contemporánea convive con lo que siempre estuvo allí: la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo, obra de Víctor Beltrán que con sus grandes ventanales se vuelca sobre la vieja ciudad.
Metida en un iPod Shuffle, Paz Vega acompaña al turista por el casco histórico. "Me han hablado de ti, el de los cascos, yo soy quien estabas esperando", susurra en los auriculares la actriz de Lucía y el sexo, asidua de la isla. La grabación es una de las audioguías que ofrece la oficina de turismo para recorrer el casco antiguo. Durante más de hora y media, Paz Vega desgrana jadeante el "cúmulo de sensaciones intensas y maravillosas" que supone el recorrido y da cuenta de la historia de la ciudad patrimonio mundial de la Unesco, desde sus orígenes púnicos y fenicios, intercalándola con leyendas, secretos y poesías. "Voy caminando de noche por las calles de una ciudad antigua y secreta. / Camino y, al hacerlo, me extravío como en un laberinto de piedra y de nostalgia", le dicta Antonio Colinas (del Libro de la mansedumbre). La narración es amena, pero lo más divertido es el momento gincana que supone seguir sus instrucciones prácticas: "A tu derecha hay siete escalones, súbelos; sigue por tu izquierda, busca un escudo labrado en la muralla, dirígete hacia él", etcétera. En el convento de las Hermanas Augustas, la versión virtual de la actriz recomienda relajarse y disfrutar del "sonido del silencio". "Si quieres, presiona pausa", dice la grabación.
Otra manera de descubrir el centro son las visitas teatralizadas donde un grupo de actores dramatiza los eventos históricos del fuerte renacentista a través de una historia de amor prohibido. También las hay en la necrópolis de Puig des Molins, donde se representa la vida islámica, un entierro púnico, una pelea romana y la recreación de la vida diaria en el campo.
En el campo es precisamente donde se respira la Ibiza más tradicional. Un campo de almendros, algarrobos e higueras ancianas que se precipitan al suelo de viejas; los payeses las calzan con bastones para que no vuelquen. Bajo el lema Conoce la verdadera Ibiza, Bartolo Planells, de Mammoth Ibiza, organiza rutas en bicicleta por esta otra cara de la isla llena de campos de cultivo y elegantes casitas campesinas que siguen casi igual que cuando Broner se enamoró de ellas. Y lo hace desde San Antonio, uno de los puntos más deslustrados por el turismo masivo. "Pero incluso aquí se va notando que eso ya no funciona", dice Planells, "los bares de chupitos cierran y los hoteles se centran en las familias y los fines de semana en pareja". Incluso se ha acuñado un sello de calidad, Small and Friendly , para los alojamientos del pueblo que se adapten a este nuevo movimiento slow que trata de curar las heridas abiertas por la voracidad del turismo de sol y playa.
Al poco de salir en bici de San Antonio, uno no puede estar más lejos del retumbar de los karaokes del pueblo. Una red de pistas ciclistas señalizadas se pierde por los bosques de pino carrasco y entre los viñedos. Nuestra ruta pasa por el valle de Buscatell y el manantial de Es Broll; agua dulce, tan preciada entre tanto mar salado... Por eso en el camino no faltan las albercas que recogen la lluvia y por ello también son planos los tejados de las casas en los que desde siempre se ha recogido el agua. Las cuestas montañosas acaban con un justo descanso del guerrero en la bodega Sa Cova, en el bonito pueblo de San Mateo. Allí Juan Bonet produce vino desde los años noventa. Es el pionero de una industria que cuenta con cuatro bodegas con denominación de origen de la tierra. "Hasta entonces, y desde el siglo VIII antes de Cristo, cuando fenicios, griegos y romanos introdujeron la tradición vinícola en la isla, los payeses elaboraban vino solo para consumo propio", explica Bonet. Con uva monastrell, autóctona de la isla, y con malvasía, "que los payeses llamangrec, por los griegos". Desde la terraza donde ofrece la cata de sus ricos vinos, frente a sus viñas que ocupan el valle que hace miles de años fue una laguna, Bonet cuenta cómo esto se ha convertido en su refugio tras una vida anterior en el turismo convencional. Era guía "cuando te miraban como un bicho raro por saber inglés" y se acabó casando con una turista que conoció en los sesenta. Resume divertido las oleadas de visitantes ibicencos: "Sin contar a los fenicios, el primer turista llegó en 1929; antes de la guerra empezaron a venir alemanes, Frau Magnus era la única guía y les esperaba en el puerto... Luego llegaron los beatniks; después, los peluts, muchos, chicos de familia bien que no querían ir a Vietnam, y al final aterrizaron los clubbers". "El turismo ha cambiado esta isla", continúa Bonet, "antiguamente los dueños de la costa eran los pobres de las familias, los hermanos pequeños a los que les quedaba el peor solar, cerca del mar, donde el salitre estropeaba el cultivo; luego se forraron construyendo hoteles, pero ahora el modelo turístico está cambiando de nuevo, el futuro está en ofrecer calidad versus cantidad".

En busca de esa calidad conviene perderse por las carreteras secundarias del interior para descubrir el encanto blanco de localidades como Santa Gertrudis de Fruitera o Santa Inés. Se puede hacer en coche o a pie, gracias a unas detalladas rutas de nordic walking (trekking con bastones), el deporte de moda en Ibiza, que compite con bailar hasta el amanecer.
En Santa Gertrudis hay que parar a ver la preciosa iglesia encalada que con su Sagrado Corazón parece sacadita de México y aprovechar para probar el jamón del Bar Costa, un clásico. En San Rafael está el corazón alfarero de la isla con un par de talleres. San Miguel, construido sobre una colina con la iglesia en lo más alto, sirvió como refugio ante los saqueos de los piratas, y en Port de Sant Miquel de Balansat hay otro rincón con una historia corsaria. Por la Cova de Can Marçà introducían los contrabandistas de hace un siglo tabaco, alcohol y lo que pillaban. Hoy la cueva es un gracioso parque temático de estalactitas, luces de colores y música psicodélica que invita a ver formas en la piedra milenaria: que si el templo de Buda, que si el anciano meditando... Aún más surrealista que esta cueva amenizada para el turista resulta el islote que hay frente a su boca acantilada. Se llama Sa Ferradura y saltó a los medios hace unos años cuando el propietario holandés la vendió por unos supuestos 33 millones de euros, convirtiéndola en la isla más cara del mundo. Sus excéntricas mansiones, piscinas, spa, discoteca y exóticos jardines parecen, sin embargo, vacíos.
Está claro dónde acaban todos los viajes en una isla: frente al mar. Con 210 kilómetros de costa, 2.948 horas de sol al año y varios templos mundiales del ocaso, lo difícil en Ibiza es elegir el lugar en el que tirarse a no hacer nada. Para los más activos hay todo tipo de ofertas, desde submarinismo para explorar las praderas de posidonia hasta kayak, kitesurf, pesca... La última moda, el paddle surf, donde la tabla, especialmente grande, se controla con la ayuda de un remo de canoa.
Los menos hábiles siempre podrán disfrutar del placer de comer a pie de playa. Ibiza ha llevado el concepto del chiringuito más allá, y abundan los restaurantes de copa y mantel a un paso de la orilla. En Sa Caleta, muy cerca, pero tan lejos conceptualmente del aeropuerto, se come con una vista impresionante de esta pequeña cala protegida por el acantilado. Y se come todos los días del año estupendamente bulit de peix y fideuá, espardenyas y raors. El dueño se pasea simpático por las mesas para ver qué tal, ofreciendo postres caseros como flaó y greixonera y el humeante café Caleta, que viene en un puchero con brandy, ron, azúcar y cáscaras de limón.
También se puede comer frente al mítico islote de Es Vedrà. Se supone que de él emana una energía paranormal y forma parte de un triángulo mágico donde las palomas mensajeras pierden el sentido de la orientación. "Algunos dicen que han visto ovnis allí, pero yo solo he visto mucho marciano", resume un lugareño. Para contactos más terrenales, el restaurante El Carmen, en Cala d'Hort, tiene una magnífica vista del islote mágico que se puede combinar con la degustación de pescados a la brasa y arroces. Tanto gusta que hasta existe el grupo de fans en Facebook We Love Restaurante El Carmen.
¿Dónde contemplar el atardecer en una isla donde los ocasos tienen hasta una colección de cedés superventas? (véase Café del Mar). El restaurante S'Illa des Bosc, en la hermosísima Cala Conta, presume no en vano de tener una de las mejores puestas de sol ibicencas. Sirven pescado y arroces como el manchado, y conviene alargar la sobremesa para disfrutar hasta el final del espectáculo naranja diario.
Para quien tire al monte, de vuelta en el interior se puede saborear la Ibiza más rural en Can Caus, un amplio restaurante que forma parte de un complejo dedicado a la recuperación, producción y comercialización de productos tradicionales. Las verduras son de la huerta, y el cabrito y el cordero a la brasa, criados en la propia granja. El conejo es para llorar del gusto y consolarse luego con el flan de leche fresca de cabra. En la tienda anexa venden butifarrón, vientre relleno, sobrasada y queso batafaluga (de cabra, con el sabor de matalauva, típica semilla aromática de los campos de Ibiza). Paladeando estos sabores antiguos, uno recuerda las palabras que Erwin Broner escribió en 1965, preocupado ya entonces por el futuro de la isla ante la amenaza del turismo salvaje: "Los valores estéticos y espirituales de Ibiza -su paisaje y su arquitectura tradicional, por ejemplo- son una parte importante de su capital y fuente de riqueza (un cuestionario a los turistas sobre las razones por las que vienen a esta isla lo confirmaría fácilmente). Y hay que hacer algo inmediatamente para salvarlos, antes de que se pierdan y sean destruidos por la ignorancia o los intereses estrechos de miras". Puede estar tranquilo el arquitecto, en muchos rincones aún se respira la Ibiza de siempre.
A la hora en la que el ferry se aproxima al puerto de Ibiza tras una noche navegando, el sol ya ha salido lo bastante para que el calor se sienta intensamente pese a la fuerte brisa. La gente se apiña en los laterales de la cubierta y en la proa, y hay perros atados, parejas haciéndose fotos con la isla al fondo agrandándose, y chiquillos explorando el laberinto de pasillos y escaleras que llevan a las cinco plantas.
 
Es una estampa común que llama la atención al viajero, que piensa un instante que, por más que esté acostumbrado a todo tipo de transportes, hay un ánimo romántico en toda travesía marítima, de épica contenida, al arribar en barco a algún lugar. Le pasaba, saliendo del muelle de Ibiza hacia Barcelona, al álter ego del escritor ibicenco Antoni Marí, en su novela Entspringen (2000).
Con tono intimista, Marí recreaba la isla balear de los últimos años del franquismo, tan diferente de la Ibiza actual, urbanizada y turística, y tan similar a la vez al conservar recodos salvajes y el aspecto rural de antaño en muchos rincones de su territorio, como se advierte al divisar las típicas casas campesinas blancas, de estructura cuadrada y ventanas pequeñas.
En aquellas primeras décadas de la centuria, ir a Ibiza era descubrir una tierra primitiva. Lo explicó otro autor ibicenco, Vicente Valero, siguiendo los pasos del intelectual Walter Benjamin en los años treinta, en Experiencia y pobreza (2001), época en la que la isla se convirtió en "un mito basado en la posibilidad de vivir una vida diferente, en el marco de una naturaleza privilegiada, (...) apostando por una nueva comunidad en la que tuvieran protagonismo el ocio creativo y la libertad individual".
Una mirada idealizada esta que, en cierto modo, se mantiene. Está, por supuesto, la Ibiza de la juventud trasnochadora y los bares junto al puerto; la Ibiza de Dalt Vila, con sus murallas medievales, la catedral, la Almudaina y el castillo. Todos ellos son atractivos magníficos para distintas clases de visitantes, pero lo ideal es dejarse guiar por un lugareño para adentrarse bien en el terreno que se pisa. Javier E., un barcelonés que lleva allí más de 10 años, me habla de muchas Ibizas: la nocturna -callejera, discotequera, la de los yates y fiestas privadas-, la Ibiza en la que los niños aprenden a bucear, pescar y bailar el ball pagès, la Ibiza serena de pueblos como Sant Mateu, en el centro silencioso de la isla, con su encantadora ermita.
Es justo por Es Pla de Sant Mateu  hacia lo alto de una montaña, durante un kilómetro por un estrecho camino polvoriento, hasta alcanzar una planicie donde se celebra la anual ballada de Pou,llena de juegos y bailes populares. Desde ahí se otean unos acantilados de aspecto irlandés, por así decirlo -uno no puede evitar compararlos con los Moher del oeste de la isla celta-, que rodean la cala Aubarca, adonde se accede bajando, no sin cierto peligro, entre una selva de matorrales.
Ese rincón, que apenas tiene la compañía de algunas barcas que se acercan para disfrutar de su tranquilidad, contrasta con las playas tumultuosas; por ejemplo, Ses Salines, en la punta más sureña de la isla, que hasta cuenta con un grandioso aparcamiento para recibir a sus numerosos visitantes. De arenas blancas y finísimas, y aguas transparentes, es un lugar ideal para los niños, pues hay que adentrarse mucho para que el mar llegue a cubrir.
Más recóndita, y en el lado norte, pero igualmente atestada de gente, se muestra la cala Salada, a la que se llega desde San Antonio, localidad en la que Benjamin contribuyó al mito internacional de Ibiza con sus escritos, según Valero, poco antes de verse obligado a huir de los nazis. Se trata de una pequeña playa, de orilla pedregosa, una hilera de casetas de pescadores a modo de cuevas, y un enclave que esconde una curiosidad: las aguas templadas se hacen gélidas cuando uno se acerca al saliente de la roca que queda a la derecha, cual si alguna corriente de fría agua subterránea buscara liberarse en el mar.
La delicia de nadar en la cala Salada se complementa con la suntuosa vegetación de sus alrededores. Un buen lugar desde donde acercarse al célebre café del Mar, en San Antonio, para acabar el día viendo cómo se pone el sol al compás de la música chill out. Tal vez sentado en la arena, tal vez pensando en los viajeros que, en la Europa de entreguerras, llegaron en barco a una Ibiza que convirtieron en un ideal de vida, esto es, de libertad.
Y cuando los altavoces dejan de sonar, entre las 6.00 y las 16.30, es el momento de buscar planes alternativos (este verano, la temporada empieza con la normativa en vigor, que fue aplicada sólo en parte el año pasado). Ibiza, sinónimo de insomnio y desfases, recupera su esencia en esas horas: la naturaleza que inspiró a profetas del new age o del britpop; el misticismo que la encumbró como refugio hippy, y la tranquilidad que atrajo a estrellas de Hollywood. Cuando arranca oficialmente la temporada discotequera (con la primera fiesta de Pachá) se multiplican los vuelos low cost: un billete de ida y vuelta desde Madrid puede salir por 41 euros. Después del fiestón, el éxtasis ibicenco puede continuar a plena luz del día, sentado el visitante frente a un plato de guiso de pescado, catando un vino local o charlando con los payeses. Propuestas para lucir las gafas de sol.

Para evitar la tentación de la noche (o después de disfrutar los secretos de algunos de los mejores clubes del planeta) lo mejor es escaparse de Eivissa capital. En San José, una ecoaldea, La Casita Verde, lleva 17 años de experiencia sostenible. Una de las casas está construida con botellas de cristal recicladas. "Se puede vivir usando la basura de manera sostenible, saludable y con Internet", explica Mike McLeod, el administrador. Cada domingo, de 14.00 a 18.00, se puede visitar el poblado.
Los caseríos payeses, dispersos en los márgenes de las carreteras en dirección a San Rafael, evocan tranquilidad entre olivos y naranjos. "Están frescas, las he recogido hoy mismo", dice Pep mientras, acompañado de su galgo ibicenco, pesa en la balanza una bolsa de cítricos. En el edificio aledaño, la tienda de Can Costa (carretera de San Rafael a Santa Inés, kilómetro 7), la sobrasada y las butifarras se orean en una atmósfera de tranquilidad. Muchos establecimientos familiares venden productos elaborados a la antigua usanza y la empresa Companatge comercializa esa tradición apostando por el campo desde su mercado y su restaurante Can Caus (Santa Eulalia, carretera de San Miguel, kilómetro 3,5). Tras el avituallamiento, el camino continúa por un paisaje salpicado de blanco. La cal reviste las macizas paredes de las construcciones para proteger del frío húmedo en invierno a la vez que repele la canícula veraniega.
Entre Santa Inés y San Miguel aparecen aquí y allá gran número de pequeños hornos donde se obtenía el blanqueante y que inspiran una original ruta turística.

'En la otra punta de la isla, a 50 kilómetros de la capital y junto al puerto de San Miguel, una red de galerías subterráneas relata historias de contrabandistas. En el siglo XIX, los piratas arribaban a esta costa y se arrastraban por la Cova de Can Marça guiados por las, todavía visibles, marcas de pintura roja y negra. Hoy son los turistas -previo pago de ocho euros- quienes redescubren estos túneles, con más de 100.000 años de antigüedad. "Hay muchas estalagmitas, muy divertidas, algunas very erotic", comenta una visitante. Una de las guías explica que por la falta de infiltración natural se ha instalado un circuito cerrado de agua que alimenta las áridas cavidades. Acto seguido aprieta un botón y, por arte mecánico, el goteo aparece y cobra fuerza acompañado de los acordes electrónicos setenteros de una canción de Tangerine Dream. Ráfagas de luces multicolores iluminan la cascada artificial provocando una alucinación psicodélica digna de cualquier noche en los clubes de la ciudad.
Alzando la vista desde la terraza -con una espléndida panorámica del islote de Murada- se atisba laTorre des Molar, una de las siete atalayas instaladas a lo largo de los 200 kilómetros de costa. Desde ella, con señales de fuego, al estilo de El Señor de los Anillos, se alertaba de los ataques enemigos a los vigías apostados en las iglesias fortificadas del interior. Hacia el otro lado de la cova, la playa de Benirrás, donde los domingos al atardecer el retumbar de los tambores despide el fin de semana en una jam session de percusión.

De San Miguel a San Carlos, en la costa oriental, donde un local de la plaza, lleno de antiguos buzones de correos con nombres de artistas y músicos, mantiene la esencia hippy. El Bar de Anitaes legendario. "La patrona regentaba la casa de comidas, la tiendecita, ponía las inyecciones y distribuía los giros que mandaban a los hippies hace 60 años", explica Pep Guash, camarero del local desde hace más de dos décadas. A la original estafeta también han llegado cartas de la televisiva familia Alcántara. Anita, que ahora pasa de los 80 años, les atendió en una de sus mesas en un capítulo de Cuéntame... cuando fueron a la isla a buscar a su hija, que, seducida por la libertad, se fugó, como tantos intelectuales y artistas, del Madrid franquista. Los montaditos, el flaón (postre tradicional con queso de cabra) o el licor de hierbas -elaborado con una receta secreta- son algunas de las especialidades de la terraza.
A sólo unos metros, los sábados se monta el Mercado de las Dalias, "con unos puestos hippies y otros no tanto", matiza Svenia, una croata que lleva diez años en las Baleares. Aunque existen otros rastrillos, como el pijippi de los miércoles en Es Canar o el del hipódromo San Jordi (sábados de 10.00 a 18.00), lleno de extravagantes objetos de segunda mano. El de las Dalias fue visitado por losRolling Stones, y su origen es un local de carretera, el primero en vender alcohol de la isla en 1954, que servía las copas a peseta. Siguiendo las indicaciones de Svenia, compramos unos saquitos de lavanda. Hay que saber moverse. "En pleno verano quedan lugares donde disfrutar de la naturaleza y del buen rollo de la isla", afirma. Una de sus recomendaciones es la pizzería Raco Verd, en San José.

Serpenteantes caminos de tierra recorren la isla como líneas de metro que conectan con cualquier playa poco conocida. Los cinco municipios, comunicados por estas sendas, son ideales pararecorrer en bici . Pedaleando y sin salir de Santa Eulalia se llega a la Cala de Mastella. Por la mañana, El Bigotes sale de su chiringuito junto a la playa y se adentra en el mar a faenar. A mediodía prepara un guiso con lo que ha traído, y a las dos, ni más tarde ni más temprano, se lo ofrece a todo aquel que se acerque, y encuentre mesa, por unos 25 euros. No sabes lo que vas a comer, pero tienes la certeza de que está fresco. Preguntando en cada pueblo, se puede improvisar una ruta gastronómica por las casitas de los pescadores, que no se anuncian por Internet ni se publicita en la sección de restaurantes. Del mismo modo que hace 40 años se rumoreaba sobre unas barracas payesas donde se bailaba. Hoy, Pachá, Amnesia o Privilege se han transformado en clubes internacionales, el negocio más lucrativo de Ibiza. La consejera de Promoción Turística, Pepa Marí, apuesta por no renunciar a las discotecas ni a los clubbers, "porque han levantado el nombre de la isla", pero la pretensión es que, cada vez más, se desarrollen otro tipo de actividades. Antes de que se ordenase cerrar a las seis de la mañana, el desfase no tenía fin.

"Mi padre, como todos los campesinos, elaboraba su vino payés, casi como los romanos. Un día se me cruzaron los cables y pensé en mejorar el vino de Ibiza, y en esas estamos". Juan Bonet define así la filosofía de Sa Cova, bodega fundada en 1990, la primera en hacer vino de su tierra. En los suelos arcillosos de la finca crecen varios tipos de uva, entre ellas, la mediterránea monastrell. Su jugo se almacena en barricas de roble francés y americano para producir 20.000 botellas anuales que pueden catarse entre los viñedos.
Antoni Calvo, un joven catalán que lleva tres años viviendo en Ibiza, cuenta: "A veces, cuando llegamos a casa, nos encontramos un palo en la puerta. Es el saludo de nuestra vecina que pasó y que, como no estábamos, nos dejó una nota en forma de rama". Tradiciones que contemplan desde hace siglos los soques de olivos con huecos en su interior, escondites que se usaban para preparar emboscadas durante la Guerra Civil. Los mejores ejemplares aparecen de manera casual entre los caminos, pero en los alrededores de la bodega ecológica Can Rich (Cami General, s/n. San Antonio) se concentran varios especímenes magníficos.
En una finca cercana se levanta uno de los mejores agroturismos de la isla, Can Lluc (carretera de Santa Inés, kilómetro 2.  Es una de las 16 casas rurales construidas sobre suelo rústico antes de 1960, y cuya arquitectura neopayesa, proyectada por el arquitecto Pep Torres, mantiene las clásicas paredes anchas de la construcción local mientras aporta luminosidad mediante claraboyas y discretos ventanales. El estudio Planas-Torres también ha proyectado el paseo y la estación marítima de San Antonio, pueblo que junto con la capital concentra el ocio nocturno. La carretera que une este municipio con Eivissa, impulsada por el Gobierno de Abel Matutes, generó una ola de movilizaciones por el impacto ambiental de la obra. El portavoz de la organización ecológica GEN-GOB, Marià Marí, califica el proyecto como desmesurado y favorecedor de intereses caciquiles. "Exigimos una auditoría exhaustiva", dice.

La libertad creativa que atrajo hace 30 años a artistas de todo pelaje se respira en el corazón de la isla, en Santa Gertrudis de Fruitera. En el bar Costa, los jamones colgados se alternan con cuadros de diversos pintores, entre ellos, un fresco del chileno Andrés Monreal. "Eran sus comienzos, paraba por aquí y como andaba corto de dinero pagaba a mi padre con obras de arte", explica Pep Roch, el dueño del establecimiento. Las paredes forman una original pinacoteca que se disfruta entre raciones de ibéricos. Una delicia gastrocultural. La visita sigue en una pequeña casa tradicional con un jardín-galería, Can Daifa, donde la alemana Doris Hardt invita cada domingo a disfrutar del tipo de arte que la conquistó hace más de tres décadas.
Los islotes de Es Vedrá representan el lado místico de Ibiza. Los últimos restos de Atlantis, según algunos, o quizá las mitológicas islas desde las que cantaban las sirenas para atraer a Ulises. Ancladas en la costa suroeste, dentro del parque natural Cala d'Hort, condensan la diversidad paisajística y la belleza natural de Ibiza. Verde brillante, llena de escamas y de pequeño tamaño, la lagartija pitiusa, icono de la isla y especie exclusiva de Ibiza y Formentera, recorre los riscos poblados de especies vegetales endémicas. Es Vedrá protagonizó la portada de Voyager, el disco de Mike Oldfield, pero ya desde el siglo XVII su magnetismo inspiraba a diversos artistas. "Los hippiesusaban la arenisca de los alrededores para pintar en las cuevas", explica Bartolomeu Marí, ibicenco y director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), que lo reseña como uno de sus sitios favoritos de la isla. Incluso los hermanos Gallagher, los de Oasis, se compraron una casa en la zona para componer.
Acercarse hasta los islotes, circunnavegar las Pitiusas (nombre griego de Ibiza y Formentera) o visitar la isla Cabrera en barco son otras opciones para el visitante. El velero Onde Roc, capitaneado por Nuria Jiménez, zarpa desde Eivissa y ofrece rutas a la carta.

Entre los cuerpos sin ropa que se pasean por la playa d'Es Cavallet, icono de las primeras fiestasFlower Power, y el famoseo que recorre cada verano la de Salines, se erigen gigantescos montículos de sal que se extrae desde la época romana. Las tranquilas láminas de agua, muy próximas a la ciudad de Eivissa, forman la parte terrestre del parque natural Ses Salines, que se extiende por el Mediterráneo hasta Formentera.
La fuerza corrosiva del mineral genera oníricos paisajes que esconden un ecosistema poblado por más de 120 especies de aves como flamencos, garzas o garcillas. En la parte acuática destacan las praderas de posidonia oceánica, alga endémica, bioindicadora de la calidad de las aguas y que representa el máximo desarrollo ecológico de la costa mediterránea. Sin salir del espacio natural, desde una de las camas del bar lounge Cap des Falcó, el poder de los atardeceres ibicencos se manifiesta en un cielo incandescente naranja y rojo.

Un juglar que escupe fuego por su boca o un maestro cetrero que muestra sus artes al público recorren las adoquinadas calles de la capital durante la celebración de Eivissa Medieval (el segundo fin de semana de mayo). "Muchas personas que llevan años viniendo nunca han recorrido la ciudad sobrios. No saben que fue estratégica para Cartago o que tiene una gran herencia musulmana", comenta el guía Juan Antonio Canseco. El colectivo de guías de la capital intenta cambiar esa inercia y organiza paseos (10 euros) por el casco antiguo. En una antigua terma árabe, Centro de Interpretación de Medina Yabisia, también se desgrana la historia de la ciudad, declarada patrimonio mundial por la Unesco en 1999. "Son las murallas renacentistas mejor conservadas del Mediterráneo, y vistas desde la lejanía resultan impresionantes", explica Elías Torres, arquitecto ibicenco que ejerce en Barcelona y que proyectó las escalinatas del antiguo castillo y futuro parador de Eivissa. La fortaleza corona Dalt Vila, la ciudad alta.

En los años cincuenta, Onassis, Romy Schneider o Errol Flynn fueron seducidos por el anonimato que les brindaba las Pitiusas. Pero algunas de las jaranas de Robin Hood quedaron inmortalizadas "en una foto del abuelo". La prueba donde aparece Flynn de fiesta la guarda Mariano Torres, músico y regente de Can Pou, un pequeño bar del puerto de Eivissa con bola de espejos. En el espigón, los antiguos marineros son ahora jóvenes modelos y gogós que forman parte de las procesiones que reparten flyers y anuncian las fiestas con las que comienza la temporada.
Muy cerca aparece la plaza del Parque, "un sitio encantador con mucha vida" para la periodista Concha García Campoy, que recomienda cenar en Can Alfredo, "uno de los mejores restaurantes", con platos cocinados como hace 200 años, como el arroz ciego -que se come sin mirar porque el marisco está pelado-. Después, una copa en el Pereyra (Conde Roselló, 3. El bar del primer teatro de la ciudad, fundado hace 112 años, ofrece variada música en directo. Un par de copas para calentar motores y de ahí dejarse llevar por los acordes electrónicos hacia alguno de los históricos templos de la música que, pese a quien le pese, también forman parte de la esencia ibicenca.
Ibiza es mucho más que desenfreno a pesar de que el ambiente chill out, el relax y la sensación de que el tiempo se ha detenido lo inunda todo.

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