Cita del día

“He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica”. (John F. Nash)

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miércoles, 16 de noviembre de 2011

La ilusión de la omniscencia: una idea muy vigente

Ya señalaba Marshall McLuhan que la tecnología debía comprenderse como una extensión de nuestras capacidades: más velocidad, más resistencia, más visión. Pero claro, McLuhan también afirmaba que con dicha ganancia, venía una pérdida. La escritura, por ejemplo, dotaba al discurso de perdurabilidad, portabilidad y trascendencia, pero sacrificaba los beneficios de la oralidad, la elocuencia y la intención de la voz. Regla simple: algo se gana, algo se pierde.
No obstante, el deseo humano ante la tecnología es mantener la ganancia sin sufrir la pérdida. Don Ihde, filósofo de la tecnología, recordaba el caso de los anteojos al aclarar que deseamos la visión potenciada, pero de forma que no nos percatemos que portamos gafas. Partamos este breve análisis cuestionándonos qué sentidos extienden las redes sociales. Hoy quiero profundizar sobre uno: nuestra capacidad de estar en todos partes en este momento.
Ya la televisión se había acercado a esta falsa omnisciencia. Las transmisiones en directo nos permitían estar en otro lugar en el momento en el que sucedían las noticias. El problema está en que no entendemos la pérdida. A través del televisor, estamos limitados al encuadre de la cámara, a la posición de la toma. Perdemos buena parte de la información contextual -tanto visual como de otros sentidos- y sólo podemos percibir lo que se nos muestra. Y tenemos que creer lo que vemos, porque no hay manera de corroborarlo de forma directa. En eso se basa la credibilidad: en confiar en que lo que percibo es real.
Las redes sociales han venido a darle un extra a esta extensión. Ya no me limito a los canales de la televisión, sino que los ojos de cada persona se convierten en mis ojos. A través de mis contactos, conozco la realidad de otras personas, otros lugares otrora inaccesibles. El periodismo, fascinado por la facilidad con que ahora puede hacer su trabajo, cae en la trampa. El reportero aumenta su alcance, pero sacrifica la profundidad. No es novedad: desde el surgimiento de las agencias noticiosas, las coberturas periodísticas fueron disminuyendo, ahorrando muchísimo dinero a los diarios en mandar a un elemento, y fiándose de los corresponsables.
Hay que entender que el periodismo también está limitado por la tecnología a no poder físicamente contrastar la realidad presentada en una red social con lo que realmente ocurre. La diferencia es que, precisamente, ¡ése es su trabajo! El periodista tiene, por definición, que corroborar su fuente. Adormilados por las agencias de noticias, las redes sociales proveen de un alcance mayor, pero de menor confiabilidad..
Así, lejos de suponer mayor comodidad, las redes sociales deben sacar de sus sillas a los periodistas. No es lo mismo fiarse de alguien cuyo producto es la confiabilidad -como una agencia noticiosa- que del resto de las personas, sin la responsabilidad moral de informar atinadamente. El periodismo ha caído en la ilusión de omniscencia, en creer falsamente que las ventajas tecnológicas solventan las carencias de su oficio. Sí, ahora saben más, pero están seguros de nada. Su trabajo, señores, es la exactitud, no la cantidad.
 
El periodismo no ha muerto y nunca va a morir, la necesidad de informarnos o la necesidad de informar es uno de los valores más arraigados de nuestras sociedades. Pero los medios tradicionales están cada vez más pendientes de las redes sociales y las nuevas formas de comunicación de los seres humanos, e incluso me atrevería a pronosticar cierta dependencia para informar de hechos que son los propios ciudadanos los que disponen la información a los ojos y oídos de todo el mundo; basta con un teléfono móvil de última generación. Decirlo es como una nueva excusa de periodistas despistados que nunca supieron adaptarse a los tiempos y que creen que las labores informativas son dependientes a un medio físico como el periódico, la radio o la televisión. Lo que está “muriendo” es la paciencia y las pocas ganas que quedaban de seguir aguantando, escuchando y leyendo a estos periodistas. Lo único que está muriendo son sus puestos de trabajo, simplemente porque no saben hacerlo.
Muchos periodistas se han creído algunos rumores falsos que se publican por personas con mucho tiempo libre en Twitter o Facebook y para no quedar mal intenta culpar a las redes sociales.
Los buloshoaxes o leyendas urbanas han existido toda la vida. Mucho antes de la popularización de internet la oficina de correos distribuía miles de cartas con textos falsos para crear (en broma o con algún fin malicioso) rumores falsos. Después cuando el fax se popularizó pasó lo mismo.
Nadie culpó al correo o al fax de la caída del periodismo, de la popularización de mentiras. Se culpó siempre a las personas con mucho tiempo en sus manos y ganas de molestar. ¿Qué cambió? Yo creo que el temor a una herramienta y una tendencia que se hizo muchísimo más grande que ellos.
TwitterFacebook, los blogsGoogle e internet, en general parece que sobrepasa 

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