Cita del día

“He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica”. (John F. Nash)

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viernes, 18 de noviembre de 2011

Menorca: trote de caballos, aguas turquesas y vestigios del pasado

Menorca, una de las joyas del mar Mediterráneo, es el destino perfecto para una escapada de la rutina y el estrés sin ir demasiado lejos. Una isla que lo tiene todo para olvidar las preocupaciones del día a día, la dichosa crisis y, en general, para tomarse un respiro.

Las calas de Menorca son, sin duda, la primera y principal propuesta de los viajeros. Pequeños reductos de fina arena y cristalinas agua, donde la tranquilidad y aislamiento desterradas de muchas de nuestras costas, son todavía posibles. Y si acaban en "un maravilloso atardecer", mejor imposible.

Desde Cala TurquetaSon SauraEs TalaierMacarelleta o Macarella, con sus aguas azul turquesa en la zona sur de la isla, hasta Pregonda, una playa virgen situada al norte de la isla.
Ubicado el destino, una logística más que adecuada es una neverita (con fruta, bocadillo y refrigerios), calzado cómodo y una mochila para ir a pie hasta las calas. Si es en barco, te ahorras las gotas de sudor, aunque al final las vistas serán las mismas para todos.
Naturaleza, silencio e historia
Menorca es mucho más que pequeñas y paradisíacas calitas: desde sus gentes, sus puestas de sol, sus puertos, sus faros y la tramontana, ese viento del norte que en invierno proporciona de las mejores olas del mediterráneo para surfear. Los espacios naturales interiores que ofrece la isla también pueden ser protagonistas, y la convierten en un paraíso, eso sí, para gente que quiera respetarla.
Una visita a uno de los cincos faros de la isla, el de Favaritx, cerca de del Parque Natural de Albufera des Grau . Y hay más puntos indispensables, como el Monte Toro, un privilegiado mirador desde el que contemplar toda la isla, así como el típico pueblo menorquín de Binibeca Vell, blanco y silencioso.
Los amantes de la arqueología prehistórica tienen una oportunidad perfecta de conocer de cerca la cultura talyótica, entre los diversos yacimientos y ruinas, con la Naveta des Tudons, situada en la carretera Ciutadella-Maó. Un monumento funerario único por su tipología. Otros restos de la misma época son: Son Catlar, con su muralla ciclópea, Torre Vella, y las taulas de Torre Trencada yTorre Llafuda.
Para románticos y noctámbulos
Además de visitas cultuales, o simplemente tumbarse al sol, existen en la isla lugares sumamente románticos... para otros menesteres. Por ejemplo, la Cova den Xoroi, ideal para una puesta de sol de postal, aunque cuando la noche cae del todo se convierta en una discoteca con bastante reclamo entre turistas y autóctonos.
Puestos a alimentar el espíritu, tanto la bahía de Fornells, famosa por su caldereta, como los puertos de Mahón y la Ciutadella, son un excelente escaparate de la gastronomía local. Otra recomendación es el  Café Balear, en  Ciutadella, donde degustar un marisco y pescados frescos en una terraza junto a la orilla del mar y sin arruinarte.
¿Exhaustos? No hay problema. Para el descanso el hotel Port Ciutadella. Aunque moderno y equipado con spa, su privilegiada situación hace que teniendo la playa al lado sus instalaciones sean un gasto casi innecesario, al contrario que su buffet de desayuno, que además de exquisito es muy variado.
Sobre un caballo, todos los paisajes cobran una dimensión diferente. El punto de vista elevado y el movimiento armónico del equino hacen que veamos el bosque, las montañas o el mar con una mirada nueva. El sonido de los cascos y el contacto con el cuero suave de las riendas; el calor y el olor del caballo: todo nos remite a una naturaleza anterior. Menorca tiene unas condiciones ideales para experimentar estas sensaciones. Su atmósfera de calma y su paisaje hipnótico parecen hechos para cabalgar. La isla, llana en su conjunto, se ve salpicada de colinas verdes y de elevaciones boscosas que invitan a apreciar los cambios de perspectiva, la riqueza inusitada del horizonte. Una euforia íntima invade al jinete que, tras una galopada en senderos de pinar y la subida al trote, llega a una cima rocosa desde donde se avista el mar grande que se precipita en oleadas lentas contra el litoral de la costa norte.

Menorca fue siempre tierra de caballos. Basta recordar la fiesta de San Juan y sus caballos negros que se levantan sobre sus potentes patas traseras como si quisieran escalar los muros amarillos de Ciudadela y echar a volar. El llamado "jaleo", presente en casi todas las fiestas de la isla, es sobre todo una exaltación del caballo, de su sobria elegancia frente al desvarío de la multitud. La gente quiere sus saltos y caracoleos, los mantiene arriba a base de brazos, situándose bajo sus vientres. El caballo menorquín es robusto, hecho a terrenos difíciles y a la vida en el campo. En época de invasiones, me dice Antoni Bosch, de Son Àngel, cada finca de la isla tenía la obligación de mantener un caballo entero con un hombre armado para ir a enfrentarse al enemigo allí donde desembarcase. Este sería el origen del Camí de Cavalls, que circunvalaba los 200 kilómetros de la costa menorquina y permitía avituallar las torres de vigilancia. Algunos creen que, en sus inicios, los "jaleos" eran celebraciones de la fuerza de la caballería, catártico ritual de unión de la desigual sociedad menorquina.
La dominación inglesa tuvo también su parte en el culto al caballo. Bajo el gobernador Richard Kane se extendió el uso de carruajes gracias al camino que atravesó la isla desde Mahón hasta Ciudadela. Hoy el camino es una pintoresca ruta que pasa por fincas privadas como Santa Rita, situada entre Mercadal y Ferreries, en el centro mismo de la isla. Las vacas han desaparecido, y los caballos, orgullo de su criador, Tolo Mora, se han adueñado del variado terreno, desde pradera hasta monte, pasando por bosque y una sección del Camí d'en Kane. Es en las vueltas de ese camino, a veces árido y otras aún verde gracias a las muchas lluvias del invierno pasado, donde empiezo a ver con nuevos ojos el paisaje menorquín.
Montar una yegua alazana, que responde con suavidad y experiencia. Es una mañana de julio y sopla el viento norte, lo que se agradece, pues ya hace bastante calor. El mar está encrespado, con ese azul profundo de los días de temporal. Bajar a la playa por un sendero vertiginoso, las riendas flojas, dejando que el caballo elija donde pisar. En la costa desierta, la tramontana parece cubrir todos los huecos del paisaje y dota al aire de una transparencia de altar mar. Trotar a lo largo de la playa de Binimel-là, donde desemboca un torrente con patos, y luego subir unos repechos rocosos. Una mano aferrada a la crin de yegua mientras da un salto hacia arriba, y luego, en la bajada, patinar en la pendiente de una duna mientras sus patas se hunden casi hasta el vientre. Cala Mica es pequeña y recogida, ideal para el baño en un día sereno. De ahí parte el camino usado en otro tiempo, donde solo pasa un caballo al galope,  adentrarte en el bosque. Al cruzarme con algunos paseantes, que se apartan sorprendidos en los recodos, me viene a la mente esa alegría mitológica que es el centauro. Y entonces, franqueada una tanca, aparece la majestuosa Cala Pregonda, con sus farallones de azufre cual vigías del viento.
La tramontana crea una campana de silencio en torno al jinete y su montura. Sentir la inquietud del caballo, su alerta permanente, mientras el corazón se encoje ante la caída del acantilado en el camino de tierra roja que conduce a Cavalleria. El paisaje agreste, luminoso, pero casi inhumano, de esta castigada costa norte tiene sobre un caballo algo salvaje y misterioso. Experimentarlo al día siguiente cerca de Ciudadela, en Son Àngel montando un caballo menorquín cuyo pelaje negro está quemado por el sol. Se divisan cuatro jinetes atravesando el campo silencioso, recorriendo sordos caminos de arena, sorteando las matas de brezo que persisten en crecer bajo las rocas horadadas. La finca comprende un tramo costero del Camí de Cavalls. Aquí el paisaje, deshabitado, no tiene fecha, se podría estar cabalgando en tiempos del irlandés Kane bajo pabellón británico. Solo las piedras, siempre las piedras, algunas encinas y pinos, así como pobres matorrales que se inclinan al sur, vencidos por la tramontana. Delante, el horizonte se ensancha y abarca el mar en calma, azul pálido con tonos verdes, y la costa irregular entre Cala Morell y el cabo que cierra la formidable Cala Algaiarens, donde cada verano nadan multitud de bañistas. El caballo es lento, pero sus patas pisan firmes entre las rocas. Nada parece tan seguro como su movimiento cuadrúpedo, nada más estable y perpetuo como la paz inviolada de este paraje que se instala en el balanceo de la cadera de un jinete experimentado. Ni siquiera una vela tensa sobre el filo del mar puede igualarlo. Otra ocasión es recomendable cabalgar hasta Els Alocs y Santa Elisabet, en dirección a Fornells. El pinar de sombras claras engulle el trepidar seco del trote en el camino de regreso bajo el sol alto que excita las cigarras.
Que las calas salvajes más excelsas de la costa española lucen en Menorca es de una evidencia cegadora. Y, claro está, debido tanto a ellas como a la calidad ambiental del interior, es lógico que la apertura y señalización del sendero que desde el siglo XIV rodea perimetralmente Menorca se haya erigido en una de las noticias ecoturísticas de 2010.

El Camí de Cavalls (camino de caballos) formaba parte de la red costera que enlazaba las torres de defensa. Desde hace 14 años, y ante la resistencia de algunos propietarios, una coordinadora ciudadana hizo bandera propia del libre tránsito por esta seña de identidad menorquina. Y lo que fue reivindicación de servidumbre de paso, hoy, tras diversas expropiaciones, constituye un maravilloso reclamo costero que funde senderismo y chapuzones abrochando franjas arenosas, barrancos, aguazales y cuevas.
Este vial histórico encuadrado dentro de la Red Europea de Caminos guarda escasas similitudes con el Xacobeo. Ante su escasa infraestructura y su limitado transporte público, quizá sea mejor empezar, salvo excepciones, por itinerarios cortos de ida y vuelta.
Junio, septiembre y octubre son meses idóneos para caminar por las Baleares, evitando en verano las horas de máxima insolación. Y antes de adquirir el pasaje de avión y la estancia en Menorca conviene reservar también el coche de alquiler.
La mayor riqueza de hábitats menorquines se da cita en el parque natural de S'Albufera d'es Grau,núcleo de la reserva de la biosfera que engloba Menorca. Una vez en Es Grau habrá que deshacer a pie 200 metros de carretera hasta la típica barrera que anuncia tanto el Camí de Cavalls como el itinerario 3 del parque: se solapan. Del bosquete de pinos plantado sobre el campo de dunas en el siglo XIX, habitado por tórtolas y palomas torcaces, subimos al mirador de la albufera, para desembocar después en el extremo de la playa, de tan profuso colorido como envidiables dunas. Goza, con casi 40 metros, de la profundidad de una piscina infantil.
El camino asciende luego por una vaguada de pinos y acebuches hasta un collado-mirador, paisaje de hechizo sobre cuya maquia mediterránea despunta Sa Torreta. Bajaremos a la atalaya defensiva, que amenaza ruina y que permite el ángulo visual necesario para contemplar la isla d'en Colom. Elfaro de Favàritx, por ilusión óptica producto de la perspectiva, parece emplazado sobre el acantilado.
Los materiales más antiguos de las Baleares, con 300 millones de años, afloran con ribetes lunares en el cabo de Favàritx. Acompaña este espectacular entorno pizarroso un cortejo de vegetación que, adoptando formas achaparradas, soslaya la salinidad que arroja la tramontana. Poco antes del recinto farero se encuentra el desvío a mano derecha (aparcar en un lugar que no moleste) hacia lacala En Tortuga.
Detrás de la arena, el agua de lluvia se embalsa en una albufera de tarajes, juncos y carrizos conectada con Tortuga por un canal de desagüe. Desde este edén de plantas endémicas se recibe el primer sol en España. Al regreso, comprobar el embrujo de la cala Presili.
Al internarnos por el trayecto ecológicamente más vulnerable del Camí de Cavalls conviene atender las sugerencias del director del parque natural de S'Albufera d'es Grau, Martí Escudero: internarse con sigilo y sin perros, evitando molestar a la fauna. Acceder en coche a Port d'Addaia y, tras rebasar el supermarket, torcer a la derecha hasta donde la calle acaba en el portillo de entrada al predio de Ses Fontanilles.
Una ensenada, un puerto natural o una ría al gusto mediterráneo -de las tres maneras puede interpretarse- es lo que ofrece este ecosistema con islote y vegetación acuática y de saladar. Todo acoge y sorprende a la vez. Empezando por las salinas de Mongofra, convertidas en área de acogida de aves lacustres.
Qué mejor que dividir en dos el sector litoral comprendido entre el cabo de Cavalleria y cala Pregonda. A diez minutos andando desde el aparcamiento, Cavalleria resulta una revelación en el mundo playero.
A los valores naturales de arena parda amarillenta y extenso dibujo de espuma de las olas se suman las arcillas que arañan los bañistas cuando bajan por la larga escalinata de madera. Su arena se limpia con mucha mayor facilidad que en las calas del sur. Cómo no reconocer en esta playa los mejores atardeceres de Menorca. Acercarse a cala Mica es habitual entre la parroquia surfista.
Haría falta la ebriedad cromática de Monet para describir el trayecto primaveral a partir del restaurante (por cierto, recomendable) de Binimel·là. Entre ocres y granates pasados por el azul marino se diluye este escenario que hace un efecto paradisiaco.
Habrá primero que rodear el estanque de desembocadura de Binimel·là, con habitual presencia de ánades. Pregonda adolece de algunas construcciones, por lo que muchos prefieren verla de cerca, pero luego bañarse en la playa natural que la antecede, Pregondó. La arena de esta bahía, por fina, es cansadísima de pisar. El nombre de Pregonda proviene de la erosión producida en un farallón volcánico que quiere semejarse a una virgen orante.
Es esta una ruta que define a la perfección la riqueza de ambientes en la costa de Tramuntana (Norte). La decisión de arrancar en cala Pilar entraña el riesgo de quedarse para disfrutarla todo el día: tal es la belleza de sus dunas remontantes que llegan hasta el aparcamiento (a 25 minutos a pie), sus cuevas, su desmayo de carmín, casi sanguíneo, sus baños de arcilla...
Incluso los macars (playas de guijarros) son fotogénicos en Menorca. El del Pla de Mar, colindante con cala Pilar, muestra un rojizo vibrante y esconde una vieja mina de cobre. La montaña Mala impide costear, lo que obliga a subir un repecho arbolado en el que hallamos una fuente.
Acto seguido se abre la deliciosa campiña de La Vall y la finca Sa Font Santa, cuya mansión permanece congelada en la época dorada. Aquí las sorpresas saltan donde uno menos lo espera, como la tortuga mediterránea, que primero se encierra en su caparazón y luego aprieta a correr.
Al final aguardan los arenales de Algaiarens: uno en forma de doble abanico y el tercero, y más apetecible, Es Bot, al que se accede bordeando una colina. Aquí tomamos contacto con un humedal y moles que caracterizan la isla balear con mayor riqueza de sistemas dunares.
La combinación de arena como de talco, aguas traslúcidas y barrancos claveteados de pinos resulta orgiástica en el Migjorn (Sur). Los aparcamientos de las playas meridionales suelen completarse a eso de las 11.00; consultar los paneles electrónicos instalados en la ronda de Ciudadela.
La doble concha de Son Saura, anchurosa y prístina, a todos recuerda los mares del Sur... pero con vistas a Mallorca. Los bañistas prefieren Bellavista, con menor presencia de restos de posidonia oceánica, que no hay que confundir con suciedad, puesto que se trata de endemismos bioindicadores de calidad medioambiental.
Buscar los mojones del camino y en 15 minutos daremos con una caleta que encierra una tentativa de paraíso en tan sólo 25 metros. Dicen que enamoró a Lady Di. Describir y profanar Es Talaier es todo uno, en parte porque su orografía recoleta impide la presencia de barcos. Llegarse a pie a En Turqueta resulta incómodo. Mejor ir en coche a darse un baño a última hora.
Como la estrechez del camino y el calor de horno disuaden de ir en coche, todos aconsejan acceder caminando a las calas de Macarella y Macarelleta, icónicas en las Baleares por su arena y su abundante arbolado. Nada hay tan cómodo como tomar el camino de caballos frente al hotel Audax, en el núcleo turístico de Cala Galdana. A la Macarella se baja por una escalinata de madera, y a la Macarelleta se llega por unos peldaños tallados en la roca. Son celebradas las ensaladas del chiringuito Susi.
No es omnipresente la presencia del Mediterráneo en el Camí de Cavalls. Entre Sant Tomàs y cala Mitjana el trazado corre a distancia del mar, evidenciando, eso sí, el excelente estado de conservación de los barrancos del sur central menorquinos. Puestos en el doloroso trance de escoger, sería imperdonable obviar en verano el retazo de calas de postín que permite el accidentado camino litoral, señalizado con hitos de madera con dos flechas en la tablilla y escaleras talladas en la roca. La ruta comienza en el chiringuito Es Bruc (muy recomendable) de Sant Tomàs, cercano alislote de Binicodrell y a la playa de Binigaus, que este año ha recuperado parte de la arena perdida. Después surgen las calitas de Menorca donde con más ahínco se experimenta la sensación de acusada lejanía: Escorxada y Fustam. Embebidas de pinares y alfombradas con la arena del primer día de la creación. La visita a Fustam es celosamente compartida por un puñado de senderistas aspirantes a robinsones, toda vez que los veleros no pueden atracar.
En algún momento habrá que seguir a la idílica playa de Trebalúger. En la desembocadura de un torrente que a menudo obliga a descalzarse, la salvaje Trebalúger incita a caminar medio kilómetro hacia su interior para atestiguar el paisaje que nos hemos perdido al descartar el Camí de Cavalls.
Quien diese por finalizada la ruta está equivocado. Antes de pasar por el único portillo se atisba la ensenada de Mitjana desde el búnker-mirador. El mar jade a veces se pone turquesa, y otras, aguamarina; no cansa verlo. Y la profundidad es aprovechada por saltadores que logran clavadas de impresión. Junto a Mitjaneta, más discreta y naturista, se esconde la cantera de marès, piedra local.
A 700 metros de la Cova d'en Xoroi, referente de fiestones y dj's internacionales, el paseo desde el núcleo turístico de Cala En Porter brinda la oportunidad de conocer el fondeadero de Calescoves,con un centenar de cuevas horadadas en la caliza y la presencia de veleros decorativos. Las cuevas fueron tapiadas para evitar okupaciones, salvo las que muestran el modo de enterramiento talayótico.
Desde tiempos inmemoriales, hasta aquí peregrinaban los navegantes en mayo, cuando se abría la época de la navegación, para impetrar mar en calma y viaje feliz.

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