No era la primera vez que la visitaba, sin embargo, es quizás, la vez que más la he disfrutado. Precedido el viaje de días intensos; familia, amigos, cenas y reuniones adornadas de recuerdos en las calles que me vieron crecer me dispuse a recorrer un trocito más de ti. Ese lugar donde nacemos, que nos identifica y nos marca. ¿Era tu invitado o tu intruso? Te desnudabas ante mí y yo complaciente me entregué a ti y tus misterios como dos amantes furtivos en una noche de tormenta. Igual que aquél sábado que me regalaste.
Resulta extraño sentir como unas gentes se muestran sin prejuicios, sin perder su identidad, vanagloriándose del lugar donde les ha tocado vivir y a la vez abriéndose a ti no como un extraño o intruso, más bien como un visitante al que reciben con sus mejores galas: buena comida, buen vino y buena gente. No es de extrañar que el visitante decida por unos días olvidarse del resto del mundo y centrarse en aquello que se muestra ante el. Unas veces admirando y otras aturdido de la mezcla de sentimientos y sensaciones que le producen las visiones de la Torre de Hércules y sus leyendas. La furia del mar contra acantilados en una lucha eterna sin que se atisbe un final certero por ninguna de las partes. Esas calles mojadas con aquella agua incesante y monótona que, muy a pesar, forma parte del paisaje inconfundible de aquella tierra y la cual, cree el viajero, hace la visita más autentica.
Puede que adivinéis de donde estoy hablando pero solo os pido una cosa... Guardarme el secreto.
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