Otro año más, Murakami sigue sin ganar el Nóbel de literatura. Y digo otro año más porque desde hace una década, este escritor fetiche de hypster y gafapastas consigue, a pesar de estar en todas las quinielas, quedarse con las manos vacías. Su ferviente club de fans se lo toma con la resignación de un niño pequeño al que los padres usan el adverbio de negación en su educación. Esa misma palabra tan desaparecida a día de hoy en esos mismos menesteres.
Quizás el mundo literario ya quedó conmocionado, sorprendido o cabreado cuando, en 2016, La Academia sueca se atrevió a concederle el galardón a Bob Dylan. ¡A un músico! ¿Acaso el origen de la poesía no hunde sus raíces en los viejos trovadores de la Edad Media? Todavía algunos se preguntan cómo pudo ocurrir. He de suponer que son los mismos que nunca han escuchado al genio de Minnesota.
Se rumorea que tomó el sobrenombre “Dylan” de un poeta británico dotado de una voz elocuente cuyos recitales de poesía atraía a las masas cual estrella del rock. Dylan Thomas, el poeta en cuestión, además de llevar una vida bohemia y de excesos, se dedicó a grabar varios discos con recitales de poesía o lecturas de sus obras. A eso llamo yo “justicia poética”.
A Murakami lo tachan sus detractores, que los tiene, de estar excesivamente occidentalizado. Debe ser un efecto secundario de lo que llaman globalización. Reconozco que he leído muchas de sus obras. Con sus luces y sus sombras, me gusta su estilo a veces cercano a un realismo mágico que consigue atraparte. Me apasiona la literatura nipona. Tal vez, por lo diferente a la europea o americana. Escritores como Kenzaburo Oe o Yukio Mishima figuran en mi biblioteca con especial cariño por los viajes propuestos a través de sus libros.
Los que han recorrido los páramos del fin del mundo jugando a Death Stranding habrán descubierto la influencia de otro escritor japonés en el juego de Kojima. Kobo Abe no es un escritor fácil; complicado de leer y más aún de comprender. La visión del mundo que nos propone dicho escritor cuanto menos peculiar. ¡Cómo si Death Stranding fuera un paseo por las nubes!
No es un juego para todo el mundo. O lo odias o lo amas. Me incluyo en los segundos. Kojima nos propone un recorrido solitario por un mundo desmembrado donde el verdadero viaje lo haces hacia tu propio interior. Cómo cuando lees un buen libro o escuchas al viejo Bob Dylan cantar “¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre/ antes de le consideréis un hombre?”




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